Las cinco menos diez
- ¿Te has sentido vacío por dentro alguna vez? – decía mientras me miraba fijamente a los ojos.
Le devolví la mirada y no articulé palabra. Sucedió que por dentro un millón de pensamientos y reflexiones empezaron a fluir. ¿Vacío en qué sentido? ¿Vacío como una naranja a la que arrancan la pulpa? ¿Cómo una discoteca un sábado a las 10 de la mañana? ¿Cómo un cuaderno recién estrenado? ¿O más bien vacío como un diccionario sin palabras?
Porque así me sentía en ese momento. Su pregunta me había descolocado por completo, como un golpe inesperado en la mandíbula. Jamás esperé que aquella morena de ojos verdes, por la que todos babeaban, con un escote demasiado generoso para ser real me formulase aquella misteriosa pregunta.
¿Intentaba ligar o simplemente había reconocido la tristeza en mis ojos? Una tristeza que los suyos también destilaban, quizás por muy diferentes razones que los míos.
- Porque yo sí –quiso continuar –Me siento vacía cuando vengo aquí y todos me miran con aires de cazador nocturno, desnudándome con la mirada, soñando con una noche de locura y con unas esperanzas que no van más allá de las 12 de la mañana.
¿Y a mi qué? Pensé mientras dejaba mi copa a un lado, pero no dije nada, esbocé una pequeña sonrisa y clavé mis ojos en sus pechos. Estaba buena, no podía negarlo, realmente buena, pero ni siquiera su visión angelical podía borrar de mi memoria lo que había venido a olvidar en demasiados mililitros de alcohol.
- ¿No hablas mucho verdad?
Pedazo de lince la chica, pensé, y casi sin que me diera cuenta me sacó a bailar.
El roce de su piel contra mi cuerpo empezó a ponerme bastante nervioso y regresé a la barra cuando terminó la canción.
- ¿No te lo estás pasando bien?
Es obvio que no, volví a pensar para mis adentros, pero lo único que volví a mostrar fue una falsa sonrisa de complicidad.
Hizo un gesto desdeñoso con la mano y se marchó. Apenas la seguí con la mirada y volví otra vez a concentrarme en la copa. Pasaron varias horas aunque en mi estado de inconsciencia parecerieron tan sólo unos minutos. El garito no tardó en vaciarse y pronto llegó el portero de metro noventa a echarme del local.
En la calle hacía frío y comencé a caminar sin rumbo, no había amanecido todavía y apenas había gente en la calle. En la parada de autobús una chica morena esperaba sentada con la mirada perdida. Me senté a su lado sin mirarla.
- Sí –dije en tono cortante.
- ¿Perdona? –me dijo algo sorprendida
- Que sí, que me he sentido vacío alguna vez por dentro.
Se hizo el silencio y la chica miró al suelo con incomodidad. Llegó el autobús y se despidió con un gesto de cabeza, antes de que cerrasen las puertas se dio la vuelta y pronunció un “yo también” que quedó ahogado con el ruido del vehículo al arrancar.
Volví a emprender camino, otra vez sin rumbo, llegué a un parque y me senté en un banco. Estuve cinco minutos, o quizás una hora sentado. Empezaba a quedarme dormido cuando una voz que conocía me sacó del aturdimiento:
- Todavía no me has dado una respuesta.
Me di la vuelta y unos ojos verdes se clavaron en los míos.
- Puede…
- ¿El qué puede?
- Que si te dejo con la intriga te acuestes conmigo esta noche.
Se sorprendió por la respuesta, me preparé para el típico reproche o insulto pero por el contrario me besó en los labios, me agarró la mano y empezamos a caminar hacia su portal.
Ese amanecer fuimos sólo dos náufragos flotando en una cama y dándonos calor. Follamos, sí. No hicimos el amor, no se puede hacer el amor con alguien a quien no conoces.
¿Qué si le di una respuesta? Por supuesto que no. No hay que ser muy listo para saber que ambos necesitábamos lo mismo y que ninguno necesitaba una respuesta: alguien a quien abrazarnos esa noche, alguien a quien no le importase escuchar y alguien de quién no nos acordásemos al día siguiente. Diferente sí, pero de quien no nos acordásemos y por quien no hubiera que derramar lágrimas. Alguien tan sola como yo…
Lo jodido es que no supe cumplir mi parte del trato y escribí estas líneas.
“Vivir es ganarle batallas a la soledad”, Luis Ramiro (Mayo de 2002)
NOTA: No se puede llegar a llamar versión, pero mientras escribía escuchaba una de mis canciones favoritas, "Mayo de 2002" del maestro y genio Luis Ramiro, se pueden decir muchas cosas de forma diferente y el fondo seguirá siendo siempre el mismo... Gracias















