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21 de diciembre de 2014

Dinamita

Que soy un tipo que juega con dinamita lo sé desde hace bien poco, aunque para algunos fuera obvio desde hace unos años. Lo que nunca esperas es que aquello que tan acostumbrado estás a manejar te vaya a explotar en la cara, haciéndote saltar por los aires de una forma nada acrobática y convirtiéndote en una inútil forma de saltimbanqui callejero.

Un día me preguntaron si no me daba miedo contar tanto de mí cuando escribía; dejar tantas huellas de uno mismo en todo al final puede volverse en contra. Y supongo que no me daba miedo porque ni siquiera era consciente de lo que dejaba, o no sabía que lo que dejaba siempre podía ser una puerta abierta al daño, sobre todo cuando nunca habías aprendido a defenderte del dolor.

Y así, mitad despojo, mitad muerto en vida, caminé a tientas repitiendo una y otra vez patrones, culpando a la suerte o al destino de todas mis desdichas. Es fácil echarles la culpa, a fin de cuentas no te pueden responder, pero al igual que crecen exponencialmente tus posibilidades de tener un accidente si conduces con una venda negra sobre los ojos, también aumentan tus posibilidades de sufrir si una y otra vez ahondas en lo mismo que ya te hizo sufrir antes.

Supongo que es la adicción al riesgo: si una vez sobreviviste, crees que sobrevivirás otra más y otra y otra,  y así caminaba sujetando el taco de dinamita encendido mientras me reía de que la mecha jamás se consumía. Hasta que se consumió. Y entonces boom. Y estruendo de cristales rotos. Y después el desastre. Y la soledad. Y la derrota. Y las lágrimas de madrugada. Y por qué te has ido. Y el dolor. Dolor por todo mi costado. Incapacidad de levantarte. Y no encontrarte. Y nadie cerca. Nadie cerca...

Durante la fracción de segundo que dura el vuelo, cuando todo se va la mierda y ya no hay vuelta atrás, lo que te da miedo no son las alturas, es el impacto que vas a tener contra el suelo, en el que nunca tuviste los pies y que ahora vas a abrazar con todas tus entrañas...

Y te estampas. Y silencio otra vez. Y ruido de teléfonos que nadie coge. Y olor a quirófano. Y se nos va. Lo perdemos. Tres, dos, uno, fuera. Hora del deceso 20.30. Y una sábana tapando tu cadáver.

....

Y ahora que veo la inmensidad de este desastre y que ya no quiero ver llamas chisporroteando en mi presencia, vuelvo a ser un saltimbanqui, que no juega con dinamita pero que convierte las palabras en su mejor arma. Y que sonríe. Y ya no llora.

Dynamite by Federkiel

Texto escrito a partir del reto "De dedal a arena" de "El club de las malas costumbres" en el que se me dieron las palabras "dinamita" y "saltimbaqui" y debía encontrar una relación lógica y obvia entre ellas.

No tiene nada que ver con el texto pero en mi página de facebook he abierto un sorteo de dos camisetas que incluyen versos míos. Si quieres conseguir una, vives en España y te apetece participar, sólo tienes que entrar aquí e inscribirte.

14 de diciembre de 2014

Un cádaver que fuma

A veces me pregunto qué ocurriría si me saltara todas las normas y circulara en dirección contraria a mí mismo. Si por un momento dejara de ser el que todos esperan que sea y respondiera un "tú eres gilipollas" a aquellos que me tocan la moral por encima de mis posibilidades.  Dar un golpe sobre la mesa y decir: "hasta aquí hemos llegado, fin de la partida" y sacar de una vez por todas de mi vida a esas personas que en realidad llevan años fuera, pero a las que mantengo por no sentirme culpable de la pérdida.

Me pregunto qué pasaría si una mañana al levantarme no me apeteciera ir a trabajar y por simple respeto a mis deseos me quedara en casa sin dar absolutamente ninguna explicación a mis jefes. ¿Y si lo hiciera para no volver nunca? Si lo dejara de golpe simplemente porque no me llena y me abruma respirar el aire viciado de una oficina que mata sueños.

Y si de pronto me pusiera a fumar sin más o  quisiera pasarme ocho días seguidos de fiesta, o hasta que mi cuerpo dijera basta ¿cambiaría algo tu forma de mirarme? ¿Y si dejara de ser yo el primero que llama después de una cita o ni siquiera llamara después del sexo?

Y si hiciera mis maletas mañana y cogiera el primer avión sin saber ni siquiera a dónde ir, si me dedicara a vivir de aquí para allá sin más ansias que la de sentirme vivo, dime ¿me juzgarías?

¿Y si fuera de flor en flor y de cama en cama, de vaso en vaso y de escenario en escenario? Si viviera mi vida como si fuera mía y no de otros. Si me dedicara a respirar cada segundo como si fuera el último. Si dejara de escuchar los consejos de todos que al final no me llevan a ningún sitio. Si no tuviera miedo de decir lo que pienso en cada momento. Si preguntara sin miedo a conocer la respuesta...ay, si lo hiciera.

Creo que al final, por no permitirme saltarme ni un sólo ceda el paso, ni un maldito semáforo, por no dar un volantazo y atravesar la mediana para dar la vuelta, he dejado de ser yo el que gobierna el barco. Y eso es lo más parecido que encuentro  a ser un cadáver que se fuma la vida y al que se le agota el cigarrillo de sus días sin darse cuenta...

Reto propuesto por "El club de las malas costumbres" en el que se me pedía escribir un relato a partir una obra de Van Gogh. He elegido "Cráneo fumando un cigarrillo".

18 de mayo de 2014

Dos maneras de jugar al curling descalzo

El curling es un deporte absurdo. El mero hecho de llamarlo deporte debería ser considerado delito. Un tío barriendo hielo delante de un pedrusco en dirección a una diana. Vamos por favor, supongo que fue inventado por un abuelo Noruego aburrido de que las condiciones climatológicas de su nación no acompañaran para jugar a la petanca.

Pero lo que es todavía más absurdo es jugar al curling   cuando vives en Almería y aquí el hielo sólo se ve en los cubatas.

Todo empezó el día en que María trajo a casa aquella especie de huevo negro que a todos nos flipó. Vale que nos habíamos fumado un par de porros y que cualquier cosa nos hubiera sorprendido, pero aquello sin duda cambió el curso de esta historia:

— Es un huevo de murciélago -dijo sin contemplaciones mientras nos lo mostraba orgullosa. — De aquí nacerá un pequeño hijo de puta chupasangres.
— Ohhhh -contestamos al unísono a la vez que intentábamos cogerlo.
— Se mira pero no se toca, dijo María guardándoselo. Me han dicho que para que nazca tenemos que jugar al curling con él. Pero que tenemos que hacerlo descalzos.
— Tú estás fumada tronca - dijo el Luke. — Los murciélagos ni siquiera ponen huevos.
— Ya está el listo que todo lo sabe abriendo la puta boca. Que te den por el culo. Yo pienso comprobarlo.
— Pero María, vivimos en Almería...
— ¿Y eso qué importa? Tenemos playa. No puede ser tan diferente del hielo...

Armados con un par de escobas fuimos a comprobar in situ si la historia de aquel huevo era verídica, pero pronto comenzaron nuestros problemas. El puto huevo no rodaba ni se deslizaba por la arena, era tirarlo y quedarse clavado de forma automática, en ese momento el Luke empezaba a barrer como un poseso la arena (aunque más que barrer lo que hacía era golpearla una y otra vez) consiguiendo levantar una polvareda de mil demonios y haciéndonos cerrar los ojos. María le insistía que parase, que en la tele no se jugaba de aquella manera; por otro lado la arena quemaba como el mismísimo infierno por lo que saltábamos como poseídos mientras gritábamos cosas ininteligibles.
Tras cinco minutos de hacer el pardillo y de levantar la curiosidad de unos cuantos guiris que nos sacaban fotos y nos señalaban descojonados de la risa. María dio por finalizada nuestra primera intentona. Recogimos el huevo que no se había movido ni un milímetro y nos marchamos cabizbajos, pensando en nuestro próximo plan de acción.

Tras media tarde de beber cerveza y fumar porros al Luke se le ocurrió una idea.

— Chavales, ya sé dónde vamos a poder jugar al curling.

El plan del Luke era infalible. Su idea consistía en ir a una bolera y aprovechar la pista resbaladiza para jugar. De diana podíamos usar los bolos. Era un plan perfecto. Tendríais que haber visto la cara del chaval de la bolera cuando nos vio aparecer con dos escobas. No dijo nada pero nos miró como si estuviéramos locos. Pero su cara fue aún peor cuando le dijimos que no íbamos a necesitar zapatos.
Aún así decidió que lo más sensato era pasar de nuestro culo y dejarnos hacer lo que quisiéramos

A esa hora la bolera no tenía mucha gente, fuimos hacia la pista central y nos descalzamos. Cogimos las escobas y María hizo los honores. Se concentró y lanzó el huevo suavemente, este empezó a deslizarse lentamente. Con rapidez aproveché para saltar a la pista resbalándome nada más poner mi pie descalzo sobre la madera encerada y caí de espaldas. El Luke iba corriendo por el carril derecho intentando alcanzar el huevo y se puso a barrer como un loco por delante de él, el problema es que nunca ha sabido medir las distancias y golpeó el huevo con la escoba, que salió disparado como un disco de hockey hacia mí. De la sorpresa el Luke puso un pie en la pista y se cayó dentro de ella, deslizándose a toda velocidad en dirección a los bolos.
De repente se oyeron varios gritos. El mío al recibir el impacto del huevo en los cojones, el del Luke al estrellarse contra los bolos y el del encargado de la pista que se dirigía hacia María como un psicópata mientras esta corría señalándonos.

Acabamos el día en comisaría y así fue como descubrimos dos cosas:

1: El curling es un deporte de mierda que nadie debería intentar practicar en Almería.
2: Si una amiga te dice que tiene un huevo de murciélago que se abre jugando al curling deberías dejar de ser su amigo de inmediato.
3: Los porros son muy malos, pero como he dicho que sólo eran dos cosas, olvidad el contenido de este punto para siempre.

Imagen: "Stone's throw away" by Kevin Hanes

NOTA: Relato surgido a raíz de una propuesta de "El club de las malas costumbres" en la que se me pedía elaborar un relato surrealista a partir de un título, en mi caso fue "Dos maneras de jugar al curling descalzo". No sé si conseguí que fuera surrealista pero al menos me divertí mucho ideándolo y dejando que cobrara forma.

20 de abril de 2014

Luces, cámara y acción.

Por fin ha llegado el día del estreno. Otra vez los flashes y los periodistas con sus absurdas preguntas.

- ¿En quién se ha inspirado para realizar este papel?
- ¿Es este el mejor papel de su carrera?

Si supieran lo mucho que me cansan, lo mucho que me aburre, tal vez dejarían de preguntar. Ignoran que actúo hasta cuando contesto, siempre con mi sonrisa de oreja a oreja, siempre dando las respuestas que quieren escuchar y que tanto parecen complacerles.

Cuando acepté esta película jamás pensé que el papel iba a calar tanto en mí, nunca había empatizado tanto con un personaje hasta el punto de que llegara a doler. Supongo que sí, que ha sido la actuación de mi vida, porque ahora ese personaje soy yo.

Un hombre de negocios venido a menos, que le da al alcohol como si fuera agua y piensa en el suicidio a cada momento, que se ha enamorado de la mujer de su mejor amigo y que día a día se martiriza pensando que nunca podrá tenerla. Sé que ni mi compañero de reparto es mi mejor amigo ni ella la mujer de mi vida, pero me cuesta tanto separar la realidad de la ficción que creo que me estoy volviendo loco.

Y aquí estamos los tres sonriendo. Abrazados. Encantados de habernos conocido. Presentando al mundo esta película, que nos ha costado dos años rodar y  que algún crítico situará a la altura de obra maestra.

Hay algo extraño en la mujer que nos escruta desde primera fila con una carpeta sobre las piernas. Me ha dedicado media sonrisa y ha anotado varias cosas. Tal vez sepa que oculto algo extraño dentro, que mi personaje ha sido más que un personaje y que hay algo oscuro en todo este show.

Unas semanas de promoción y a preparar mi próximo papel, otros dos o tres años viviendo otra vida ocho o nueve horas al día. Me pregunto si llegará un momento en que dejaré de ser yo, para ser sólo una mezcla de personajes.

Más flashazos y una nueva sonrisa por mi parte.


NOTA: Fotografía de Mar Argüello, relato surgido a propuesta del "Club de las Malas Costumbres" en el que se me pedía escribir inventando la visión del actor situado a la derecha.