Con quién comparto estas ganas de
escapar, la necesidad imperiosa de quemar todos mis folios y cambiar de aires y
esperanzas.
A quién contarle ahora todos los
defectos que ni siquiera soy capaz de nombrar, todas las noches en vela, la
ansiedad que me aprieta el pecho. Sobre qué hombro llorar los desamores, las
historias que me rompieron como un cristal y que todavía cortan.
Con quién compartir el sentimiento
de infinitud del camino, las preguntas que no sé responder y que me vuelan
dentro de la cabeza como pájaros hambrientos.
Con quién saltar esta grieta,
dónde encontrar las fuerzas para enfrentarme al vacío. Cómo aceptar la soledad
y el silencio como única respuesta.
En qué escuela aprender a
convivir con mis lobos, perder el miedo a acariciarlos, comprender que su
rugido puede ser aprendizaje.
Dónde encontrar el manual de funcionamiento del corazón,
cómo salvar sus distancias, sus errores, cómo curar sus heridas y cerrar por
fin las puertas que no llevaron a ningún sitio.
En qué lugar cambiar de nombre, pasar de pato a cisne, dejar
de ser espectador y formar parte de la historia.
Dónde escribir los capítulos que nos restan, en qué lugar
colocar el punto final. Qué hacer con la culpa, dónde se reclaman los abrazos
que necesité y no tuve, la mano salvadora justo en el momento preciso.
Cómo comprender la ausencia y la muerte. El infinito con
forma de nada que se queda a vivir. Los caminos que se descruzaron sin saber
siquiera cómo.
Me pregunto si al fin la luz podrá vencer tanta sombra, si
habrá alas para tanto viento. Si sucumbiremos al miedo por puro miedo al miedo.
Si dejaré algún día de huir para poder echar raíces.














