Voy a tratar de no contaminar lo hermoso de mi esencia,
no cambiar sus palabras si brotan como luceros alados,
disfrutar de las vistas que abren universos
y revolcarme en ellas como el niño que descubrió la nieve.
Prometo reír más y preocuparme menos,
desahuciar la oscuridad que vino a desvestirme
y se sintió defraudada al verme tan humano,
sincero como un charco en un día de lluvia.
Te ofreceré manos pero no aliento
porque soy incapaz de rellenar los rincones vacíos
que el viaje ha dejado en tu equipaje
y el camino se aprende caminando.
He comenzado a escalar la cara más difícil de esta
cordillera,
porque la fácil sólo me trajo ruido y dolor,
te pido perdón,
por traicionar el manual de las costumbres.
He decidido adentrarme en este desierto,
para encontrarme,
y aunque la sed me ataque
cabalgaré ligero, soltando siempre lastre.
Seré una nube que planea mis abismos,
lloveré y haré barro de mis despojos
construiré un cosmos nuevo
sin estrellas muertas derrotadas.
Cabalgaré aunque me habite el frío,
y tenga que desaprender mis virtudes,
aunque el tiempo pase
y no consiga entender su mecanismo.
Me despediré de quién se marcha
para que no marchite mi calendario,
encenderé velas y dejaré que bailen mis lágrimas
para honrar su memoria.
Y jugaré al ajedrez con el viento,
los pájaros y las olas,
para sentir que mi hogar se encuentra
sólo en la tierra que elijo pisar.
En qué momento fluir sin miedo al dolor del juicio,
cuándo volver a ser galaxia y después planeta,
cuál será el instante exacto en que pulsaremos
el interruptor de tormentas
que nos salve de los monstruos.
Dónde quedó aparcado el triciclo
con viajes rumbo a “cualquier parte”,
en qué esquirla del tiempo
aprendimos a vagar sin rumbo
en qué espejo comenzamos a temer nuestro reflejo.
En qué rincón quedaron los niños
que siempre fuimos y que traicionamos,
en qué dirección escaparemos ahora
si perdimos todos los mapas
y no hay ciudad que sepa bailar con nuestra esencia.
Me pregunto si llegará acaso nuestro momento,
si habrá un pequeño destello
que anticipe el crack definitivo,
si nos devorarán las llamas de los calendarios
y huirán escurridizos los años entre nuestros dedos.
Me gustaría seguir soñándome pájaro,
y no encontrarme tan cansado
para bucear en mis lodos,
que el camino no sea foso,
y seguir encontrando resquicios de luz.
Hablar el lenguaje de las golondrinas,
entender el sabor de un beso,
construirme en los abrazos,
ser arquitecto de retinas,
mostrarme tan sensible como inquebrantable.
Y no conformarme con habitar la desdicha,
cuidar lo de dentro tanto como lo de fuera,
acariciarme despacio y con paciencia,
quererme bien y a paso lento,
vencer los muros de mi impaciencia.
Y construir con tiento un nuevo cometa,
que me lleve de la mano a las estrellas
que formaron parte de mi cuerpo
y que ahora siento temblando
tan profundo y dentro de mi pecho.
Quisiera tal vez apagar esta cabeza,
el gramófono desafinado de la autoexigencia,
verme vestido quizá de una bondad tan blanca
como la cima de alguno de los catorce ochomiles
despojado por fin del mazo de juez severo e intransigente.
Quisiera, no sé, ser tan sólo un búho
que se eleva en mitad de la noche,
apreciar los colores del viento que ahora no aprecio,
abrazar feroz y descarriado
la sabiduría ancestral de los árboles.
La ansiedad es un pura sangre que galopa desbocado
y hace de mi pecho su valle de pasto
aunque la química anule mis sentidos,
desearía, quién sabe, cambiar de lugar su abrevadero
convencerle de que aquí no hay nada que comer.
Podría a lo mejor ser violín y luego guitarra,
mover las cuerdas del universo
timbrar con armonía y alegre
dejar en el aire mi huella
atrapar el sonido que hace el silencio al romperse.
Y poder encontrar, acaso, respuestas
a todo aquello que no formulo por miedo,
que no consigo ni atrapo por miedo,
que no valoro por miedo
que abandono a su suerte antes incluso de haber nacido.
Tienen tus ojos color de agua salina,
una ballena llorando atardeceres
delfines blancos que cantan
a las sirenas.
Hay en tus ojos un brillo antiguo
que vaga a la deriva,
fulgor de cien mil galaxias
que atraparon la memoria del espacio.
Son tus manos la piel viajera
que cura y salva vidas,
el mapa de la cima
que solo conoce el sherpa.
En tus manos hay un niño que me mira
que juega a ser mayor,
castillos de arena
que flotan en el viento.
Tu espalda tiene la llave
para el cerrojo de todas mis bocas,
el muelle del que zarpan
todos mis barcos a la deriva.
Es tu espalda
un libro que no se ha escrito todavía,
fieras salvajes enseñando los dientes
lugares en los que nunca encuentro a nadie.
He escuchado en tu boca
el sonido de un quizás,
una señal de prohibido
que nunca miro al quebrantar.
Está en tu boca
el sabor del universo,
que me dibuja, que me señala,
que me construye.
Viven en tu risa
gaviotas,
el mar rompiendo contra las rocas
mi cuerpo agitándose con las olas.
Ondea en tu risa
el futuro por bandera,
una patria, mi patria,
cargada de estrellas.
Ahora que camino descalzo
por las ruinas de mis propias hambres
y miro con ojos desnudos
los destrozos de una vida a medias
comienzo a entender el meteorito
y el agujero que ocasiona.
En el centro herido de mi pecho
no cesa el aguacero
y recorren mis venas
restos de batalla
una infancia rota
y labios perdidos,
el astronauta que soñé
y que no fui,
el malabarista
en que me he convertido
y que soy ahora.
La inmensidad del todo
no es suficiente
ni partir y empezar de cero
mientras el lobo siga rugiendo
y enseñando sus dientes
y no consiga acallarlo.
Habré de tomar el timón
tarde o temprano
abandonar esta tempestad
con olor a nada
y sin jardines,
tomar las riendas
y aliento.
No temer al trueno
y ser nube que choca
saber que estoy solo
en este viaje
y que no importa
haber perdido el equipaje.
Y entonces convertirme
en agua
y por fin
conseguir fluir.
Si tu corazón fuera sólo un cofre
en el que guardas viejas fotos
y el pasado no deshojara caléndulas
para cada rostro que recuerdas con cariño,
tal vez sí,
podrías desterrar tu tristeza.
Si al bajarte del trapecio
se prolongaran los aplausos
más allá del camerino,
y los focos del escenario
no se apagasen nunca,
la soledad sería tan sólo
una mala quimera.
No te devorarían tanto los fantasmas,
no se agrietarían tus manos cansadas,
y tu alma brillaría
como lo hacen las estrellas
en el lejano cosmos,
por las que derramas
lágrimas, lentas y azules.
Si recordaras tu última cabriola,
todas las respiraciones contenidas,
las miradas atónitas y expectantes,
el explosivo alivio del triunfo,
sabrías que tu lugar de origen
siempre ha sido el viento.
Las ventiscas de tus ojos
en su parpadeo
arrasarían los volcanes
y se acabarían tantos llantos,
el temor a la caída,
la mala suerte
que anotó tus señas
y te envía cartas.
Podrás sonreír de nuevo
cuando busques la mirada
de los finales
más allá del graderío,
y te espere impaciente
clavando en ti su ausencia.
Una voltereta en el estómago
te devolverá entonces al aire
y otra vez,
otra vez más
volverá a abrirse el telón.
Baila, y deja que el viento
desnude todas tus penas,
tan sólo baila,
no dejes de moverte,
fúndete con la música,
que tu pelo sea pentagrama
y de repente,
seas una nota
suspendida en el vacío.
Baila, cuando todo se atragante
cuando no consigas seguir
el ritmo de la rutina,
cuando te ahoguen las facturas
y pesen demasiado
esos atardeceres
que se llevaron los cuerpos
que un día amaste
y todas las promesas que dejaron.
Tan sólo baila,
que tu cuerpo trace carreteras
de esas que se recorren a dos cien
por hora
y que conducen a playas desiertas,
baila,
no dejes de bailar,
sé el foco que más brilla
en el escenario,
el que oculta
lo que tus ojos gritan tanto.
Baila cuando el dolor
te acribille el alma,
cuando tu diario
esté plagado de gin-tonics
amargos,
de camas vacías
con sabor a nada
y a derrota.
Baila,
tan sólo baila,
cuando el duro invierno
se lleve las flores de todos los jardines
cuando la primavera parezca tan lejos
de tu pecho
que necesites volver
a todas esas ciudades
que un día abandonaste.
Tan sólo baila,
que la mañana acaba
por llevarse la niebla
y siempre amanece
de nuevo,
baila,
tan sólo baila,
que yo
cada día
bailaré contigo.
"Las personas
mayores nunca son capaces de comprender las cosas por sí mismas, y es muy
aburrido para los niños tener que darles una y otra vez explicaciones." El
principito.
Me aburre tanto,
tener que dar siempre
explicaciones
de por qué la tormenta
que ahora me asola
o por qué las ruinas,
que elijo siempre el silencio
como aliado.
Es tedioso,
portar cada día un corazón
que se quedó en la infancia,
transportarlo de un lado a otro,
mientras allá arriba
sobre los hombros
hay una cabeza
que alcanzó la edad de jubilación
aunque el cuerpo roce los treinta.
Es cansado
mirar hacia el cielo,
saberme sin telescopio,
sufrir cada día
por lo que no entiendo
buscando respuestas
en un camino
que recorro descalzo
y con heridas.
Me agota,
que me abrace la ausencia
a ritmo de tres por cuatro,
que la ansiedad
sepa mi nombre
que mi cama
ya no huela a ti.
Me mata,
pedir ayuda,
necesitar manos que me cambien
perderme en el desierto
y no encontrar
oasis alguno
que pueda salvarme.
Es extraño sentirse parte de nada,
añorar con nostalgia tu planeta
preguntar si volverás
o si acaso, tan siquiera existe,
naufragar cada día
en playas sin nombre
con sabor a oficina
y a café de máquina.
Necesitar a los demás
pero huir tanto de ellos,
esconderse de la tormenta
y desear que llueva,
odiar el ruido
pero gritar tanto por dentro.
Es extraño hablar el mismo idioma
y no entender a nadie,
sentirse un niño perdido
que descubrió
que Nunca Jamás no existe,
que Wendy encendió la luz
y que tu sombra
se sigue burlando de tus pasos.
Amanecer cada día
pensando que es otro día más
perder la esperanza y la fe,
enamorarse tres veces al día
sentir tanto vértigo
como vacío.
Es extraño no reconocerte en el espejo,
saber que has de cambiar de rumbo
y no encontrar el timón,
predecir que se aproxima el terremoto
pero no llegar a sentir el temblor nunca.
Pensar que la suerte se esconde
en cualquier rincón de esta ciudad
y que sonríe a otros
que no llevan mi nombre.
Es extraño extrañar tanto,
tener la certeza
de que dudas demasiado,
ahogarse en vasos
y naufragar en el mar
de los vencidos.
Es tan extraño escuchar
la campana del tercer round
sentirse dolorido
y con el alma rota,
extraño,
nadar sin fuerzas,
ofrecer tu mano
a cambio de nada,
pero no saber pedir ayuda.
Es extraño
habitar la soledad,
jugar partidas de póker con ella,
extrañarse de lo extraño,
que resulta
que te resulte extraño
que te visite cada día.
Muy extraño,
tan extraño,
acabar pensando que a los extraños
no se les debe abrir nunca la puerta.
Ahora que no estás
puedo imaginar el sol
dorando tus pecas,
tu pelo color atardecer
ondeando y ondulándose
como la hacía tu espalda
mientras arrugábamos
nuestra tristeza
y yo trataba de esconderme
en los poros de tu piel.
Los dos sabemos que la vida
nos sonríó aquella noche
que se detuvo el tiempo
en el hotel
que dimos la espalda
al miedo
y que matamos fantasmas
cuerpo a cuerpo.
Y aunque a ciencia cierta sepa
que no vas a volver
y que la única vez
que estuvimos juntos
fuimos uno,
sonreiré
porque en algún lugar del mundo
hubo sitio
para un nosotros.
La poesía es un arma cargada de futuro (Gabriel Celaya)
Confundimos la poesía con los poetas.
Y así nos fue.
Algún día
al echar la vista atrás
comprobaremos
que nos pasamos la vida
combatiendo en muchas guerras
y que ninguna de ellas
tuvo la menor relevancia,
que ninguno de nosotros
pasó a la historia
y que sólo fuimos
motas de polvo
con algunas letras plasmadas en un papel.
Nos creímos mejores que otros,
especiales,
con más mensaje
con versos más potentes
pensando que colonizaríamos
cualquier planeta
y que el público nos debía algo,
subiendo fotos a las redes
y enfadándonos si nos difundían
sin mención.
Confundimos la aprobación
con los me gusta
la admiración
con la adulación
la fama con el éxito
caímos en el juego
de la crítica destructiva
a todo aquel que pensábamos
podía escribir
algún día
mejor que nosotros.
Nos vendimos
al mejor postor
y nos importó una mierda el ébola
Siria y los refugiados
y creímos que nuestro corazón roto
era la única catástrofe mundial
que merecía ser portada.
Hicimos mapamundis
de nuestro microcosmos
“ve aquí”
“aquí no vayas”
e incluso elaboramos
nuestra propia lista de famosos
a los que merecía la pena
lamer el culo
si querías llegar alto.
Nos dedicamos a combatir
y compartimos muy poco
dinamitando el arte
desde dentro,
nosotros que tanto decíamos amarlo
nos convertimos en lobos
con piel de cordero
que creíamos que los lobos
eran los demás
y que mordías o te mordían
y nadie podía salir ileso
de esa batalla.
Pero nada de esto era verdad:
La poesía seguiría existiendo
con o sin nosotros
y no fuimos capaces de verlo
no fuimos capaces de disfrutarla
no estuvimos a la altura.
¿Con qué cara vamos a contarles
a nuestros hijos que un día
nos creímos poetas?
Si no aportamos
nada
si no hicimos
nada
si no fuimos capaces
de usar
la única arma que teníamos
y destrozamos con ello
el futuro.
Te miro desde
una línea perpendicular a mi vida, desde la cual puedo ver que tu cuerpo ha
atravesado mi alma y me siento bien con este amor sobre mi espalda, apaciguando
la calma inquieta que me persigue cuando te vas.
Sé que marcharse es parecido a no estar
cerca pero guardo en mi maleta tu sonrisa y un cuaderno en blanco para escribir
despacio, si quisieras, un futuro juntos.
Hay en mi
almohada más pesadillas que números en mi cabeza y sólo he dormido a salvo
cuando cambié el frío por tu pecho y dejé, de hecho, que el ruido de tus
latidos fuera la razón para seguir despierta, alerta, atenta a tu presencia que
ayer era real y hoy sólo es humo.
¿Puede acaso atraparse en un frasco el
viento? ¿Retener el brillo de la luna que se refleja en unos ojos? ¿Tener olor
a mar en la ventana aunque Madrid arda?
Bastaron 6
míseras horas para convertir tu boca en algo que se esfumó nada más subirme al
autobús. Y ¿cómo decirle al reloj: “vuelve al pasado” si acertar bien en la
diana tiene una probabilidad contada? Limitada por la realidad de tus pies en
otras calles, lejos de alcanzarme y desgarrarme la verdad.
Esta ciudad aprieta en tu ausencia y parece
llorar la marcha de su habitante favorito, mi mirada se clava en las aceras
buscando arena de playa sin encontrar ni una sola espalda de la que brote sal y
cure mis heridas.
Dime qué nos
quedará si una misma zona horaria tiene vidas diferentes: tu pasado y mi
presente, y el amor no da la excusa para escaparnos de aquí.
Sabes bien que el amor no evita naufragios,
habremos de coger el timón y atravesar la tormenta que supone no estar juntos.
Y aunque piense
a largo plazo, en las posibilidades que hemos dibujado, aunque eche un vistazo
al futuro sigo viendo en mí el miedo a perderte y la triste realidad de que hoy
tu vida está fuera de mis manos.
Puede que al final nos espere una isla para
los dos o tal vez solo desierto. Pero no quiero arrepentirme de haber saltado
al agua demasiado pronto por no saber si el viaje iba a merecer la pena.
Conocí a Ester Legaz una noche de poesía en Los Diablos Azules, aunque lo correcto sería decir que ella me conoció a mí. Aquella noche yo recitaba a la tristeza y curiosamente eso nos unió. Este es mi primer vídeopoema, no podía ser con nadie más, juntar versos a su lado ha sido una de las experiencias más gratificantes de este año. Gracias a TipToe Producciones por poner las cámaras. He reproducido el texto íntegro en este blog por si alguno/a no tenéis acceso al vídeo. Creo que no hay mejor manera para celebrar mi 9º año en la red. Comenzamos. Gracias por ser y por estar.
Hoy que el tiempo anida 23 veces
en
las esquinas de tus brazos
te escribo afónico de versos a 399km
kilómetros
de viento y carretera.
Hoy que Peter Bradley detiene el
tiempo
en mi guitarra
y bailan las notas al compás de tu
mirada
mis letras han cambiado de color.
Un color verde corazón
Mediterráneo
y caluroso
con sabor a sal
y alas de pájaro nocturno
que
lleva tu nombre
y aletea con la fuerza blanca de tu risa.
Hoy que cumples años
y no me nacen
palabras suficientes
para contarte
los abrazos que mereces
ni
las alegrías que te quedan por sumar
te escribo.
Con la fragilidad de la espuma
que
ni soy,
ni baña tu espalda,
pero que está sin estar
y no
se esfuma...
Y hoy dibuja en la arena de tu playa
un
"sé feliz y fuerte"
porque así te quiero...
incontable
e infinita
en las 23 primavera que has vivido
y que hoy
florecen
en tus manos.
Bécquer dijo que eras poesía y tú
te lo creíste, ombliguista y definitiva sabiéndote
poderosa con la fuerza del trueno que todos esperan tras el
rayo.
Podría mentir y decir por ejemplo, que todavía
espero tus pasos por mi pasillo tus manos enredando mi pelo el
sonido de tu voz, aunque en realidad sólo echo de menos curar
la herida con alguien que por una vez sí que sea poesía y
me permita dejar de buscarte en todos mis poemas...
Hay una
niña
que acaricia la poesía con su voz
que se desnuda con
versos
sin quitarse la ropa.
Una niña
rubia y de labios
rojos
que a veces viste sombrero
y otras lo pierde en cualquier
bar.
Hay una niña
que llora cuando alguien roza su
alma
que se emociona al recitar
y que te abraza con
historias.
Una niña
que en la música hace su cama
y que
sueña con alguien
que afine el piano de su alma
y no se
marche.
Hay una niña
que pinta de azul la vida
con una
paleta de letras
y un pincel de besos.
Una niña
que vive
en escenarios,
que pisa fuerte sus tablas
y respira de él.
Hay
una niña
diminuta
que silba y parece gigante
que ama lo que
hace
aunque tenga el corazón a trozos
y a veces necesite mudar
de piel.
Una niña
que es mujer
que crece un poco cada
día
que aprendió a usar paracaídas
aunque nunca saltó de un
avión.
Hay una niña
tan fuerte
que
enamora a la tristeza
hace sonreír a la derrota
y escribe
cartas a la soledad.
Una niña
que es feliz
si alguien
pinta versos en su brazo
y las letras se filtran por sus
venas.
Hay una niña que viste de azul
rugiendo en la
noche.
Una niña
a la que hoy dedico este poema.
A Kris León por tantas cosas, porque mezclamos este poema siempre con el suyo y nos queda un cóctel explosivo.
Aquella tarde de Mayo
en que el sol lamía tus pecas
nos dejamos el sombrero y el reloj
olvidados en cualquier bar.
Madrid fue nuestra orquesta,
la música que sonaba tu casa a solas,
y el baile dos cuerpos entrelazados.
Aprendimos a cerrar cicatrices
con la sutil cadencia de un latido
bebiéndonos el miedo
en cada salto al vacío
sin calcular antes la profundidad
del precipicio de tus labios.
Yo quería verte como a Gilda,
quitándote sensualmente un guante,
pero tú preferías arrojarlo
retándonos a un duelo
como kamikazes suicidas
que juegan al amor
creyendo que pueden vencer.
Se nos fue gastando el sentimiento,
de tanto caminar a ciegas
como una hormiga desorientada
a la que un niño arrancó una antena.
Apretamos el gatillo del adiós
y antes de caer abatidos
nos miramos a los ojos
teñidos de color despedida.
Ahora voy de la mano de otras
y mi corazón necesita
una sesión de tanatopraxia
para no parecer tan muerto
y acallar por siempre tu recuerdo
que sólo dejo ya fluir
en poemas como este
aunque te eche de menos cada día.
NOTA: Sigo sin disponer del tiempo que me gustaría para dejar comentarios en vuestros blogs, sólo deciros que agradezco profundamente los que me vais dejando y que en cuanto disponga de un rato daré señales de vida. Estoy viviendo la etapa más bonita en cuanto a mi trabajo poético-literario se refiere, llevo trabajando muchos años para que esto se cumpla, muy pronto voy a dar una gran noticia que espero os alegre al menos la mitad de lo que me está alegrando a mí. Los sueños a veces, por díficiles que parezcan, se hacen realidad. Y hasta aquí puedo leer.