—Y por pensar tengo un millón de cicatrices—meditó en silencio en la cama, mientras por la única ventana de su cuarto se colaba la aún débil luz del alba.
Se había pasado la noche en vela, dándole vueltas a vagos recuerdos, más de una vez se había dicho así mismo “es hora de dormir” pero por más vueltas que daba en la cama no conseguía conciliar el sueño.
Su edad estaba más cerca de los cuarenta que de los treinta, atractivo, con carrera y un buen puesto de trabajo. Un soltero de oro. Vestía siempre de chaqueta y atraía las miradas cómplices de mujeres hermosas allá por donde iba. Sin embargo a él no le interesaban lo más mínimo sus compañeras del otro sexo. Tampoco los hombres. Sin atisbo de duda, se podía asegurar que el resto de mortales le daba absolutamente igual. Disfrutaba de la soledad y no necesitaba a nadie a su lado. Ni siquiera una mascota. No obstante, si se lo observaba con atención, no costaba darse cuenta de que aquel hombre buscaba algo. Algo que había perdido hacía muchos años.
Su infancia no fue demasiado feliz. Era hijo único de un ex matrimonio que lo consideraba un error de adolescencia. La custodia compartida lo llevaba de un lado a otro sin que ninguno de sus padres le hiciera mucho caso, pasaban toda la semana esperando librarse de él para poder seguir con sus ocupadas vidas. Apenas hablaba nunca y nunca nadie lo obligaba a hablar.
No le gustaba el fútbol ni coleccionaba cromos. Prefería pasar los recreos investigando cada rincón del patio y descubriendo nuevos e interesantes detalles que en días anteriores no se había detenido a observar. Pronto fue considerado por el resto de sus compañeros como raro y condenado al más absoluto olvido.
Así pasó varios cursos. Sin un sólo amigo con el que compartir recreos. Pero las cosas siempre dan un giro y un buen día llegó al colegio una niña nueva, Sara, también muy reservada y que no quiso jugar con el resto de sus compañeras a la comba nunca.
Al principio no se hablaban, ambos pasaban los recreos cada uno por su lado, sin reparar mucho el uno en el otro, viendo como el resto de chavales correteaba de un lado a otro.
Y el silencio fue lo que los unió. Sin darse cuenta, empezaron a buscar juntos. Todo empezó el día que Sara encontró una moneda y al ir a recogerla se encontró con la cabeza de su compañero, que también se había fijado en aquel tesoro. El golpe les hizo caer a ambos de espaldas y lejos de enfadarse el uno con el otro estallaron en carcajadas. Desde ese día fueron inseparables. No hablaban mucho, sólo con la mirada sabían transmitir toda su felicidad o toda su tristeza.
El tiempo fue pasando inexorable y ambos crecieron. Siguieron sin ser demasiado sociables con nadie. Y los tesoros que buscaban cambiaron. Pronto fueron poemas, que ella marcaba con cuidado en los libros de la biblioteca.
Él se pasaba tardes enteras buscándolos y cuando los conseguía encontrar una mirada por su parte y una sonrisa por la de ella, ponían fin a su jornada. Todo siguió su curso hasta que él encontró en un libro el corazón de ella y supo que el mayor tesoro siempre había estado delante de sus ojos sonriéndole.
Empezaron a salir y todo fue perfecto muchos años. Fueron juntos a la misma universidad, se compraron un piso en las afueras y estaban continuando su vida juntos.
Una noche, volvían a casa caminando entre risas.
—Algún día esconderé un poema en el cielo y no podrás encontrarlo, será nuestra eterna búsqueda, como la llegada a Ítaca, pero lo más importante no será encontrarlo sino disfrutar de los días que pasemos en su busca—dijo Sara, que después lo miró y lo besó.
Fue su despedida porque segundos más tarde, un coche a toda velocidad invadió la acera y los atropelló. Cuando despertó en el hospital, Sara ya se había marchado para siempre.
Desde entonces, no hay noche que pueda dormir tranquilo. Pasa los días rebuscando entre las nubes, intentando encontrar lo que ella escondió.
Cada día me lo cruzo en el metro. Veo su mirada ausente y su nerviosismo por salir a la superficie. Sin que se de cuenta dejo un poema a diario sobre su cartera. Al fin y al cabo no tiene porqué saber que soy su ángel y que antes me llamaba Sara.
NOTA: La frase inicial "Y por pensar tengo un millón de cicatrices" es del grupo español "El canto del loco" extraída del tema "Un millón de cicatrices". Pertenece a una nueva serie de relatos que voy a crear en los que el denominador común es que la frase de inicio haya sido extraída de una canción. Cada relato irá dedicado a una persona en especial y tendrá detalles que me recuerdan a esa persona. Éste en especial se lo dedico a María, por tantas y tantas cosas.